El sable de la libertad y el desafío de conducir el cambio en la provincia de buenos aires

Hay momentos en la historia que hablan más fuerte que cualquier discurso. El anuncio del traslado del sable corvo del General San Martín al Museo del Regimiento de Granaderos a Caballo, es algo mucho más profundo que una discusión administrativa o política, porque el arma que empuñara el Padre de la Patria en su gesta libertadora representa el significado de la conducción y, sobre todo, de la fidelidad a una causa.

Tigre08/02/2026Desde El MedioDesde El Medio
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Porque ese sable no es un objeto. Es el símbolo del mando con honor. Del liderazgo que se ejerce con el ejemplo. De la autoridad que no se impone, se gana. El sable acompañó las campañas libertadoras, fue testigo de decisiones que cambiaron el destino de América del Sur y es uno de los símbolos de nuestra soberanía e independencia. Por eso no es casual que su destino, su custodia y su significado generen debate. Porque cuando se discuten los símbolos,
en realidad se está discutiendo el rumbo de una Nación.

En el espacio libertario también estamos atravesando un momento de discusión. No sobre cargos. No sobre nombres. Sobre valores. Las internas existen en todos los espacios políticos. Pero hay una diferencia enorme entre discutir ideas y discutir poder. Entre construir para la libertad y construir para uno mismo. En la Provincia de Buenos Aires se vive una tensión real sobre qué significa representar el espíritu libertario. Distintos sectores vienen cuestionando armados, formas de conducción y métodos políticos, reflejando un debate que atraviesa al espacio en todo el territorio bonaerense y que se da en un momento particular. Porque la Argentina está atravesando un momento histórico.

Un momento que nació del cansancio de millones de argentinos frente a décadas de frustración, privilegios políticos y promesas incumplidas. Un momento en el que la sociedad decidió que la libertad tenía que dejar de ser un discurso para convertirse en un camino real. Ese mandato no pertenece a un dirigente. Pertenece a un pueblo que decidió cambiar su destino. Y cuando un pueblo decide cambiar su destino, la dirigencia tiene dos opciones: estar a la altura del cambio o intentar domesticarlo.

Hoy, en la Provincia de Buenos Aires, se están dando discusiones profundas sobre conducción, representación y formas de hacer política, justo dentro de nuestro propio espacio que nació para romper con la vieja política. Por eso tenemos que ser claros, no votamos para que la libertad se convierta en un armado cerrado, no votamos para que la renovación termine repitiendo prácticas fracasadas, no votamos para que la política vuelva a organizarse alrededor de nombres, estructuras o mesas chicas alejadas de la gente. La libertad no nació para ser un mero sello electoral. Nació para cambiar la lógica del poder en la Argentina.

No votamos para cambiar nombres. Votamos para cambiar prácticas. Cuando el debate se aleja de la libertad y se acerca a la lógica de la vieja política, el riesgo es enorme. El votante libertario no busca jefes, busca referentes verdaderos no puestos a dedo. No busca estructuras cerradas, busca coherencia. No busca marketing político, busca verdad. Y cuando empiezan a aparecer lógicas de acumulación de poder, discusiones por control territorial o
intentos de ordenar la política desde arriba hacia abajo, lo percibe y lo rechaza. Porque el espíritu libertario nació desde abajo. Desde la gente. Desde los que estábamos cansados de que siempre decidan los mismos.

El sable de San Martín nos recuerda algo muy simple: El mando no es un privilegio. Es una responsabilidad. San Martín no condujo desde la comodidad. Condujo desde el sacrificio. Desde el ejemplo. No pidió obediencia ciega. Generó confianza. No buscó poder personal. Buscó libertad para su pueblo. Ese es el verdadero ADN libertario. El que no negocia principios, ni los vende.

El que no cambia convicciones por conveniencias. El que no usa la libertad como slogan, sino como forma de vida. Los libertarios no nacimos para reemplazar una casta por otra. Nacimos para cambiar la lógica del poder en la Argentina. Y eso implica algo incómodo pero necesario: Decir lo que pensamos. Defender lo que creemos. Y sostener la bandera de la libertad aun cuando eso signifique ir contra la corriente. Hoy más que nunca necesitamos volver al origen. A la épica de la libertad real. A la política como servicio. A la conducción como ejemplo. Porque la gente no está buscando dirigentes perfectos.

Está buscando dirigentes verdaderos. Quien conduce tiene que estar a la altura del momento histórico que vive el país, a la altura de una transformación histórica. Argentina está intentando recuperar algo más profundo que la estabilidad económica. Está intentando recuperar la dignidad de ser una Nación libre. Este proceso, con tensiones, con resistencias, con errores propios de cualquier transformación real, es el proceso que la sociedad eligió democráticamente. Por eso hay algo que también debemos decir con claridad: El Presidente no se debilita cuando hay dirigentes que defienden los valores que hicieron posible este cambio.

El proceso de transformación no se pone en riesgo cuando hay quienes sostienen convicciones, aun cuando eso implique incomodar estructuras. Lo que verdaderamente debilita un proceso de cambio histórico es cuando, en
nombre de ese cambio, hay quienes reproducen prácticas que la sociedad votó para terminar. Cuando la libertad se transforma en un discurso vacío. Cuando el poder se vuelve un fin en sí mismo. Cuando se intenta disciplinar la política desde lógicas que se parecen demasiado a lo que vinimos a reemplazar.

Los libertarios no nacimos para reemplazar una casta por otra. Nacimos para terminar con la lógica de la casta. Y eso implica decir algo incómodo pero necesario: No todo lo que se hace en nombre de la libertad representa la libertad.
La libertad es convicción, es transparencia, es coraje para sostener lo correcto aun cuando no conviene, es decir la verdad aun cuando es incómoda, es defender el cambio aun cuando aparecen presiones para frenarlo.
La Argentina que viene no necesita dirigentes perfectos. Necesita dirigentes verdaderos. Dirigentes que entiendan que el poder no se usa. Se ejerce con responsabilidad frente a la historia y frente a la gente.

San Martín no pidió obediencia. Generó confianza. No construyó poder personal. Construyó libertad para su pueblo. Este es el espíritu libertario que eligieron millones de argentinos y este es el espíritu que no podemos permitir que se diluya o que destruyan. Porque el liderazgo real no se proclama, se demuestra. Y porque la libertad no se declama, se defiende. Todos los días. En cada decisión. En cada batalla. En cada lugar donde haya que elegir entre lo cómodo
y lo correcto.

La libertad no necesita dueños. Necesita custodios. Y custodiar la libertad no es callarse frente a lo que está mal, es tener el coraje de defender los valores que trajeron a la Argentina hasta este momento histórico. Porque los cambios reales no se sostienen con silencio. Se sostienen con convicción, con coherencia y con decisión. La libertad no se negocia, no se vende, no se administra y no se hereda. La libertad se defiende, todos los días, frente a cualquiera que
intente usarla para beneficio propio. Ahí es donde se define quién está para sostener la libertad y quién solo está para usarla.

Viva la libertad carajo!!!

Por Diego Avancini
(Presidente del Bloque La Libertad Avanza Tigre)

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